Los monólogos

La definición que da la doctora Beristáin para el monólogo es la siguiente:

“El monólogo es un diálogo ficticio, es decir, monológico, incrustado en el discurso en forma de afirmaciones o preguntas y respuestas que aparecen, o no, como autodirigidas, y que sirve para dar animación al razonamiento.  Es mantenido con un interlocutor también ficticio y generalmente contrario, cuyo criterio queda así refutado o bien queda analizado, demostrado o reafirmado.”

Los monólogos en narrativa pueden presentarse de dos formas, como Soliloquio y como Monólogo interior:

             1.   El soliloquio

Es un monólogo perfectamente estructurado desde el punto de vista conceptual. Cuenta la historia en primera persona desde su punto de vista.  Esta herramienta permite expresar la subjetividad de quien cuenta, observar el mundo desde la perspectiva de uno de los protagonistas.  Es como una confesión. Revela las fortalezas y las miserias de quien cuenta.  Es una estrategia que puede narrar la parte oscura del personaje, develando aquello que queda o debe quedar oculto, como algún crimen o el deshonor, porque permite al personaje justificar su conducta.  Es equivalente al monólogo teatral, aunque en narrativa éste puede deslizarse al monólogo interior y después regresar al soliloquio.  Los narratólogos lo llaman Monólogo citado[1]. Se trata de una forma de narrar muy emotiva. En el caso de Caperucita el soliloquio sería más o menos así:

Claro que ataqué a la niña, soy un lobo, ¿acaso querían que me comportara como un perro? Mi instinto me dicta cazar, atrapar a mi presa y clavarle los colmillos directo en la yugular. Así nací y así crecí. Mi madre me llevaba pequeñas codornices cuando yo aún no  abría los ojos, pero desde que pude salir de la madriguera, ella me enseñó a tener paciencia, a esperar hasta que la presa se confiara y luego, dar un golpe rápido y certero, con eso la mesa estaría puesta. Yo no mato con odio, cómo voy a odiar al pollo que me saciará el hambre, tampoco odiaba a la niña, de hecho le estaba agradecido, iba a regalarme un festín, además de la comida que llevaba en la canasta, estaba ella, tierna y jugosa.  Llevo demasiados días sin comer, estoy flaco y cansado, si no, ni la vieja ni ella hubieran tenido la menor oportunidad. Soy un lobo solitario, tuve que huir de la manada cuando otro más joven me derrotó, no sé si hubiera preferido que me matara, pero el pelaje que me cubre el cuello es espeso y los colmillos no penetraron lo suficiente, aunque sí quedé maltrecho y sin autoridad.  He vagado por el bosque desde hace tiempo, he sobrevivido comiendo conejos y comadrejas, pero me he vuelto lento.  Por eso recurro a mi astucia.  Así pude acercármele a la niña. Era más fácil atraparla dentro de la casa de su abuela, era como una trampa cerrada, allí ella no podría correr. Pero gritó, fue un grito tan agudo que aún me duelen los tímpanos y llegó el cazador-guardabosques-leñador.  Ahora estoy atado dentro de una jaula, inmóvil, los humanos me miran y me lanzan piedras, yo los amenazo con mis colmillos gastados y hambrientos, se asustan y vuelven a la carga, luego se ríen y me escupen, ¿cuánto tiempo más me tendrán así antes de matarme?, tengo una herida en el vientre, otra en la cabeza, pero la muerte no llega.  Soy un lobo y mi condición de lobo me obliga a cazar para comer, a ver si uno de estos tontos se acerca lo suficiente…  

              2.   El monólogo interior

Aquí, el manejo del pensamiento a través de la letra escrita entrega al lector el pensamiento desarticulado y aparentemente inconexo del personaje.  Refleja cómo piensa, qué piensa, cómo hilvana el discurso interno. Se trata de un viaje al subconsciente del protagonista en el que revela a través de frases sueltas otras historias; pero sobre todo, desnuda la parte oscura de su psique sin querer justificar nada.  Esta herramienta nació después de los descubrimientos de Freud en cuanto al inconsciente y el subconsciente.  Fue muy usada por algunos escritores de la primera mitad del siglo XX, tales como Virginia Woolf y James Joyce, que pertenecían a lo que se dio por llamar “el flujo de la conciencia”. Para los narratólogos esta técnica se llama Monólogo autónomo[2].

Si insertáramos un monólogo interior en el cuento de Caperucita tendría que ser algo así:  Cuando el lobo me mostró sus colmillos me dio miedo y asco, la boca le olía horrible, como mi hermanito antes de cambiarlo, yo casi me hago pipí del susto, mi mamá me hubiera pegado y me hubiera hecho lavar mis calzones, así le hace con Ricardo, ya tiene seis años y se sigue haciendo en la cama, yo duermo con él y me da asco despertar mojada.  El lobo tiene unos dientes enormes y amarillos, también mi papá, seguro que cuando me vea me va a pegar, no quiero verlo, mejor me hubiera comido el lobo, mi papá se va a enojar porque el lobo me quiso comer y también a mi abuelita, también se va a enojar con ella porque se escondió en el ropero y no se dejó comer, yo también estoy enojada con ella, por qué no salió a defenderme, hasta tengo chinita la piel, no quiero llegar a la casa, ya voy a ser grande y voy a tener una cama para mí sola sin el meón de Ricardo, qué tal si mejor me quedo a vivir con mi abuela, no, porque ya no la quiero, es cobarde, además, luego quién va a jugar con Lety y quién va a cuidar a Andrea y a Conchis, porque mi mamá tiene al recién nacido.

  • Leer “Todos tienen premio, todos” de Emiliano Pérez Cruz, pp. 662

[1] Véase Darío Villanueva, Op. Cit..

[2] Véase Darío Villanueva, Op.Cit.

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