Las pausas y la elipsis

1.  Las pausas

Como vimos en cuanto a la descripción, puede provocar una desaceleración total del ritmo de la historia.  Genette[1] considera que son alteraciones de la temporalidad, porque detienen el flujo de la acción.  Llama pausa a los momentos en que se utilizan recursos que producen el efecto de una cámara lenta y se extiende el discurso.  Hay que usarla con sumo cuidado porque, como comentamos con anterioridad, corremos el riesgo de lentificar la narración y que se vuelva aburrida.   La Pausa descriptiva es la descripción que interrumpe el curso de la historia, sobre la que ya abundamos.

No sobra mencionar que Darío Villanueva, en su Glosario de narratología menciona también la Pausa digresiva asociada al ritmo narrativo[2].  La pausa digresiva se hace cuando un personaje o el narrador hacen una digresión y se separan de la materia del relato para ponerse a hablar de otra cosa; sin embargo en el caso del cuento, esta digresión suele versar sobre algo relacionado con el conflicto o puede ser utilizada como reflexión, lo que la convertiría en un distractor.

Nunca es suficiente advertir a los aspirantes a cuentistas que deben utilizar estas pausas con cuidado y entrelazarlas en la acción o los diálogos, porque es fácil introducir otro conflicto o hacer un cuento estático y disolver la anécdota, lo que arruinaría la unidad de acción.

2.  La elipsis

Otra forma de marcar el ritmo del relato pero con una aceleración absoluta, es dejar a la imaginación del lector lo que sucede  en un lapso que omitimos.  Podemos proseguir con la historia sin necesidad de contar qué fue lo que sucedió en todo el tiempo del salto.  Genette llama a esta técnica, Elipsis[3] y la define como la omisión en el discurso de lapsos más o menos largos del tiempo de la historia.   Por medio de estos saltos o Elipsis, podemos abarcar semanas, meses e incluso años del transcurso de la trama.  El lector puede ver que de un capítulo a otro o incluso de un párrafo al siguiente algún personaje ha crecido y algo ha cambiado; o que sólo se ha hecho viejo, sin que tengamos que contar su día a día.

Un ejemplo con Caperucita sería así:

Llegaron en procesión encabezada por el cazador-guardabosques-leñador, erguido y satisfecho, cargando sobre su espalda al  lobo muerto; detrás caminaban la niña y la abuela abrazadas, todavía temblando de miedo, aunque intentaban sonreír.  La madre corrió a su encuentro, las abrazó y cargó en brazos a la niña.  La pequeña pensaba que su madre estaría enojada con ella por desobediente.  Pero la mujer la besaba y le decía que ella también se había asustado mucho y que lo más importante era que estuvieran bien.

Una mañana Caperuza se despertó sintiendo una humedad pegajosa entre las piernas, al principio pensó que alguno de sus hermanos se había subido a su camastro y que entre sueños se había orinado, en cuanto se cercioró de que había dormido sola, se preguntó si era posible que ya le hubiese sucedido a ella eso de lo que su madre le había hablado. La mujer le había dicho que cuando tuviera su misma estatura, iba a sangrar y que eso significaba que tendría que dejar de jugar sentada en la tierra y de subirse a los árboles como un gato, porque iba a estar muy ocupada pensando en casarse.  Esa perspectiva la asustaba, ella no quería dejar de jugar.  Pero algunas veces, suspiraba y le preguntaba si cuando ella se casara tendría una casa para ella sola.   La madre reía y le decía que sí, que por un tiempo estaría ella sola con su esposo y luego llegarían los niños. Entonces Caperuza se imaginaba jugando con sus propios hijos y ya no le importaba crecer, ni  tener que casarse.   

Lentamente introdujo su mano y se tocó.  En efecto, al sacarla manchada de rojo, se asustó, era sangre, como la de los trapos que sacaban de la cama de su madre cada vez que paría.  Se levantó de un salto y miró esperando encontrar la cama anegada del líquido rojizo que le daba tanto asco, pero no, apenas se le había dibujado al camisón un ligero óvalo tinto, como del tamaño de un haba.  El corazón se le azotaba contra el pecho. ¿Y si esto era otra cosa?  ¿Y si se había herido por la noche sin darse cuenta?  Notó un peso en su bajo vientre y un dolor caliente apenas perceptible comenzó a hacerse presente.  Hacía como dos semanas que se había dado cuenta de que no sólo había alcanzado la estatura de la madre, sino que era incluso un poco más alta…  Corrió hasta el camastro de su madre ahogada en llanto.

  • Leer “La botija” de Salvador Salazar Arrué, pp.274

[1] Véase Genette, Op. Cit., p. 122.

[2] “Técnica mediante la que el discurso se pone al servicio de las indicaciones hermenéutica, metanarrativas o ideológicas asumidas por el autor implicito”. Véase Darío Villanueva, Op.Cit.

[3] Véase Genette, Op. Cit. pp. 139-140

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