La primera persona gramatical

Dejé hasta el final este concepto porque a partir de mi experiencia en el aula, la práctica con cada una de las otras personas gramaticales va aportando información y datos a los talleristas, de tal manera que cuando llegamos a la primera persona, ya suelen estar capacitados para introducirse bajo la piel de este narrador, además de que por la propia identificación con el yo, la psicología del autor se refleja con mayor frecuencia.  A los escritores principiantes les resulta problemático lograr la separación entre  el autor  empírico (yo) del autor implícito (también yo), y de éste al narrador (yo) que puede a su vez  ser el protagonista (yo); así que mientras más distancia e información tengan sobre la historia, les será más sencillo lidiar con las variantes de esta persona gramatical en la figura del narrador, puesto que no siempre podrán coincidir con lo que el autor empírico piensa o siente, como podría ser el caso de un narrador que jugara el papel del antagonista.

Características generales del narrador en primera persona gramatical

Al narrar desde el yo, la primera persona gramatical profundiza en la emoción de lo narrado. Se trata de una visión totalmente subjetiva, pegada a la piel.  Debe ser consistente con el personaje que representa. Puede expresarse también desde el soliloquio o incluso desde el monólogo interior, e ir buscando en el subconsciente del personaje.  Tiene un gran peso emotivo, aunque su visión es limitada: solamente puede narrar aquello que un yo puede ver, oír, tocar, oler y degustar, no puede introducirse en los pensamientos de otros, debe suponer, imaginar, pronosticar, por lo mismo es falible, aunque eso mismo puede hacerlo entrañable también.

Categorías del narrador en primera persona

En cuanto a su desarrollo durante la historia, existen dos categorías dentro del narrador en primera persona: el narrador dinámico  y el narrador estático.  Cualquier variante del narrador en primera persona puede desarrollar una de estas dos categorías, ya que son de carácter psicológico.  Evidentemente que al elegir una de ellas, debe mantenerse hasta el final de la historia.

1. El narrador dinámico

 Narrador dinámico, es decir, que va cambiando mientras narra, ya sea porque le pasan cosas o porque encuentra explicaciones y comprende las cosas que ya le pasaron mientras las cuenta; en el caso de Caperucita, ella tendría que narrar e ir madurando mientras sucede la acción; o al revés, que ella narrara ya adulta y fuera dándose cuenta de cuán ingenua e inmadura había sido y cuánta suerte había tenido de salir viva. En este caso tendría que tratarse ya de un narrador protagonista o de un narrador personaje y deben estar involucrados con lo que pasa.

  • Leer “En provincia” de Augusto D’Halmar.

 

2.  El narrador estático

Este narrador puede estar influido por un fuerte prejuicio y no cambiar de ninguna manera durante la narración, por lo que tiene que ajustar la realidad a su criterio. En el caso de Caperucita, supongamos que narra el lobo, su condición de lobo le dicta ser cazador y carnívoro, entonces durante todo el cuento irá justificando esta condición y por lo tanto quien lo venza será el antagonista incapaz de comprenderlo. Al ser un narrador personaje, tiene un punto de vista subjetivo y monolítico.

Alberto Paredes nos dice que el importante matiz diferencial radica en que los personajes son referidos por uno de sus colegas personajes con una visión subjetiva.

“Queda definitivamente cancelada la posibilidad de que el narrador se desprenda de la individualidad que lo circunscribe con enorme precisión.  No hay visión panorámica posible, todo está escrito (es decir, concebido, descrito y juzgado) desde una primera persona efectiva.”[1]

  • Leer “El jardín de los senderos que se bifurcan” de Jorge Luis Borges, pp.308.

3.  La primera persona autobiográfica

 Según Alberto Paredes, este narrador introduce partes de la vida del autor; otra opción sería que el autor elaborara la biografía de su narrador de tal forma que éste pudiera recurrir a ciertas anécdotas  que el autor le prestara, desde luego entresacadas de su propia vida como autor empírico,  con el fin de que su narrador pudiera recordar algo más que un pasado de letras.

“…puede ser un relato donde casi nada sucede y el gran acontecimiento está omitido, o es apenas una inminencia, […] o es mínimo y trivial.”[2]

Esta voz autobiográfica debe tratarse como la de personaje, porque aunque el autor es quien habla, lo hace con las ropas de un personaje, por lo tanto, aquí sí entran los coloquialismos, etcétera…  Algunos narratólogos llaman a este narrador autodiegético, porque se narra a sí mismo.  Yo prefiero quedarme con la categoría de intradiegético, porque de todas formas, se trata de un personaje de la historia, por lo tanto, un ser construido con palabras.

El peligro en la autobiografía es que una siempre quiere justificar algo o no molestar a alguien o quedar bien con otros, por lo tanto acomoda los hechos de acuerdo a las conveniencias del momento en que está escribiendo y el relato corre el peligro de terminar siendo un tanto inverosímil o débil.  Por eso, para cuento, lo ideal es elegir un pasaje pequeño y más o menos trivial, con el fin de que la anécdota pese más que el personaje.

No obstante, si la autora de estos apuntes soy yo, tengo que introducir un pasaje autobiográfico que involucre el cuento de Caperucita. Pienso que sería algo así:

No sé por qué estoy haciendo esto si el curso está ya avanzado. Con los ejercicios de creación, mis alumnos parecen comprender lo que vimos en la clase, de hecho sus textos suelen ser buenos, sí, pero después, cuando pasa el momento de la lectura, olvidan qué hicieron y para qué.  No los culpo, la génesis de los textos literarios es tan inasible como la emoción que los generó.  Pero queda lo escrito y luego hay que tomar decisiones para llevar esos párrafos a crear una historia y así convertirlos en cuentos que funcionen. Para eso sirve saber algunos lineamientos, o también para darnos cuenta de que existen diversas opciones y que no estamos locos  al proponer narradores o estructuras poco comunes.  Al saber que alguien ya las usó y que otro ya intentó explicarlas, se siente una menos sola en este mundo donde todo es subjetivo.  Se aprende de los atajos y los artificios usados por otros escritores para resolver sus textos y de lo que un teórico cree que éstos hicieron. 

Creo que decidí emprender esta tarea el dos de enero.  Mi co-docente (de cuyo nombre no quiero acordarme) y yo nos reunimos para planear las clases hasta el final del curso.  Ella se había puesto a buscar entre toda su bibliografía de licenciatura, maestría y hasta del doctorado a alguien que explicara la estructura pendular o circular, pero nada de lo que encontró hablaba de juegos con la temporalidad en el relato (eso no se encontraba dentro de su ámbito de estudio y desconocía el tema.  Para ese momento, yo tampoco sabía de Ricoeur, de Genette ni de Anderson Imbert, pero conocía las estructuras y sabía  cómo llevar a mis niños a desarrollar  textos creativos en todas ellas, la teoría me daba más miedo que curiosidad).  Debo decir que fui descortés con ella; cada vez que sacaba un apunte nuevo yo terminaba diciéndole que no entendía, que los textos de lingüística me resultaban demasiado oscuros y generales para explicar las estructuras propuestas; de seguro la harté porque me dijo suavecito, como ante un hijo que no entiende razones: “Pues si no existe, créalo, descríbelo tú, así se hace la teoría…” Me lanzó el reto con la tez enrojecida y una mirada que lanzaba alfileres.  Nada más le faltó decirme: A ver, pendeja, explica lo que haces, ¿no que los creadores son tan chingones? Pero se contuvo.  Al principio ambas pensamos que yo no iba a ser capaz, pero como estoy divirtiéndome, creo que algo saldrá.  A ver cómo les explico a mis escuincles para que no se bloqueen. Bueno pues, entonces: “Caperucita roja era una niña cuya abuela estaba enferma, por lo que su madre…” No sé quién es más güey, si Caperucita, su madre o yo.  No sé de dónde saqué que se podían tender puentes entre los académicos y los creadores, si en principio ellos no creen que se pueda enseñar a escribir literatura… Nada más termina una de la greña… Y luego para qué, el otro día me dijo Jairo, uno de mis talleristas, que él prefería esquemitas en el pizarrón, que nada más de ver el grosor de mis apuntes se cansa y le da güeva, pero yo sigo creyendo que con el tiempo ya ni se va a acordar de lo que significan los esquemas, igual que olvida para qué sirvieron los ejercicios de la clase…  Por eso estoy elaborando estos apuntes. Nomás falta que los dioses castiguen mi soberbia y termine yo en el infierno de los teóricos incomprensibles, peleándome por interpretar aquello que no soy capaz de escribir…   Recuerdo que alguna vez aquella co-docente (de cuyo nombre sigo sin querer acordarme) me deslizó un comentario que según ella le había hecho su directora de tesis, aunque a partir de sus actos posteriores descubrí que eso era lo que ella misma pensaba. Me dijo que los que no tenían la inteligencia para estudiar y especializarse, mejor escribían…  Y yo que siempre creí que era al revés… Si no hay creación ¿qué van a analizar? ¿Nada más a los inmortales? ¿Y cómo se llega a la inmortalidad si no es pasando por la mortalidad primero?   ¿O cómo? 

4.  El narrador protagonista              

Según Paredes, el Narrador protagonista es alguien contando su propia historia.

“Se destaca especialmente la doble naturaleza del personaje-narrador: cronista y ente humano ficticio. […] Desde esa posición emprende su intento de interpretación de la realidad y la comprensión de ésta en un discurso organizado.”[3]

Es decir, quien cuenta es el personaje que está más involucrado en el conflicto, es un ser sumergido absolutamente en su propia subjetividad, ve hacia adentro más que hacia afuera, nos dice con su propia voz cotidiana lo que pasa y lo que piensa, siempre tras el cristal de aquello que está sintiendo.

En el evangelio del cuento según Caperucita sería así:

 Estaba muy feliz jugando frente a la casa cuando oí que mi mamá me llamaba:

–Caperucita, tu abuela está enferma, ¿puedes llevarle esta canasta de comida? –me dijo, entregándome una canastota que pesaba un montón.

–Sí, mami –le respondí, haciendo esfuerzos para cargar los víveres.

–¿Te acuerdas cómo llegar? –insistió.

–Sí, claro –dije, contentísima porque iba a cruzar el bosque yo sola–. Yo ya soy grande y puedo llegar rápido ––le recordé––. Cada vez que mi madre me lleva a la casa de mi abuela se la pasa diciéndome que no me salga del camino, que la siga, pero ella es muy lenta, siempre lleva cargando a uno de mis hermanos y yo tengo que andar cuidando que los otros no se queden atrás.  

 –Pero, Caperucita, acuérdate, no debes salirte del camino vecinal ni hablar con nadie, y sobre todo, no te internes en el bosque.  Un lobo anda suelto y te puede comer –dijo como siempre.

 –Sí, mami –le contesté. Yo ya estaba haciendo planes, pero la canasta pesaba tanto y en ese momento pasó una mariposa amarilla con ojitos azules sobre las alas.

 –Se me hace que mejor no te mando –me amenazó cuando vio que ya no le estaba haciendo caso-, te vas a distraer y te vas a perder en el bosque y te va a comer el lobo.

–No mami, ya te oí –respondí pensando: “Cuál lobo, siempre me amenazas con el lobo y nunca lo he visto, yo creo que el lobo ni existe”.  –Me voy a ir derechita, no me voy a meter al bosque, ni le permitiré al lobo que me coma –le prometí para tranquilizarla.

Lo único que pude cumplir fue lo último:  No le permití al lobo que me comiera.

Este sería el momento de retomar el soliloquio y el monólogo interior, puesto que representan dos posibilidades muy interesantes de profundizar en el discurso del yo.  Solamente que ahora enfoncándonos en los cambios que hacemos cuando hablamos ante algún desconocido y utilizamos la variante del yo público, en el que ocultamos cosas, somos diplomáticos y hablamos con la mayor corrección que nos es posible con el fin de ser aceptados.  Luego, podemos hacer hablar al yo con alguien cercano, con quien no guarda esta distancia, sino que existe la suficiente confianza y aceptación como para ser más coloquial; este es el yo privado. Y finalmente, en un monólogo interior, que el yo hable de sí mismo en la intimidad y revele cosas que nadie más puede saber en un discurso discontinuo; con esta estrategia estaremos explorando  el yo íntimo del protagonista y la propuesta de nuestro cuento puede enriquecerse mucho más.

 

5.  El narrador personaje secundario

El narrador personaje secundario, según Alberto Paredes, tiene:

“…una mirada limitada y partidaria de una subjetividad, la del personaje que transmite la historia, no comprende todo y a esto se suma la transformación de los hechos inherentes a su interpretación. […] mira desde su posición individual y lateral los acontecimientos descritos, se involucra en ellos tangencialmente, los recrea en su mente y los interpreta para juzgarlos y calificarlos. […] Puede apropiarse del centro de atención y desviar el relato del protagonista aparente o acontecimiento principal hacia sí mismo e introducir una secreta historia tal vez más importante en el texto que la evidente.”[4]

Se trata de un narrador testigo que tiene una mirada más general que el protagonista, pero no sabe qué es lo que éste siente o piensa; sabe sólo lo que él mismo ve y comprende, lo que puede interpretar y lo que juzga desde donde está parado.  Es subjetivo y hace juicios de valor porque también interviene en la historia, por lo tanto los hechos de la misma le afectan y le interesan cosas distintas a las que podrían mover al protagonista.  Es alguien que altera los hechos a su gusto.   La abuela de Caperucita contaría la historia así:

Me resfrié, es cierto, es el cansancio de los años, son mis huesos viejos que exigen descanso, a veces es necesario decidir hasta dónde llega una, por eso no quería ir a la aldea para ayudar en la cuarentena.  La tarde posterior al parto de mi último nieto quise regresar a mi casa, necesitaba dormir sin escuchar el alboroto de los niños corriendo a mi alrededor o los llantos del recién nacido.  Cuando iba a la mitad del camino comenzó a llover, cómo no iba a mojarme, llegué arrastrando los pies de cansancio, helada y empapada.  Les mandé decir que estaba enferma y que había decidido quedarme en cama, no les pedí nada.  Qué iba yo a saber que se les ocurriría mandar a la niña con comida. 

El lobo no tocó a la puerta, entró como tromba, al principio pensé que era la fiebre, que me estaba entrando un delirio, pero no, allí estaba él.  Me levanté asustada, tratando de entender qué hacía allí ese animal.  Era un lobo enorme, de la estatura de un hombre muy alto.  No supe qué hacer, lo primero que se me ocurrió fue esconderme en el ropero. Cuando escuché la voz de Caperucita quise salir, pero la puerta estaba trabada, con angustia intenté prevenirla, pero la gruesa hoja de madera acallaba mi voz, cuando oí los gritos de mi nieta creo que me desmayé porque ya no supe nada hasta que el cazador-guardabosques-leñador logró abrir el ropero.  Salí casi sin querer ver qué había pasado, pero allí estaba Caperucita, pálida y llorosa, y gracias a Dios, viva.  Ahora tendré que regresar con ellos aunque me muera de cansancio, ¿será que con la cuarentena se atrofia el pensamiento?  La niña dice que la envió su mamá, ¿a quién se le ocurre?  

6. El narrador personaje incidental

 Es más o menos lo mismo que con el anterior, pero utiliza la anécdota principal casi como mero pretexto para contar otra cosa.    Paredes dice que:

“Se repite básicamente lo apuntado sobre el personaje secundario, incluyendo las connotaciones y los haces de relaciones que se establecen con autor y lector.  Lo único que se da es la diferencia de grado de acción que tienen, el mayor o menor número y relevancia de hechos en los que se involucran.”[5]

Uno de los hermanos de Caperucita podría narrar el cuento de esta forma:

Escuchamos voces, alguien venía corriendo hacia la casa, Caperucita había sido atacada por el lobo.  Mamá lanzó un grito, dejó bruscamente al recién nacido sobre la cama, en menos de un segundo, el pequeño ya lanzaba inconsolables alaridos. Nos amontonamos en la puerta detrás de mi madre, quien preguntaba qué había pasado.   Salió como loca y Rosina, Elena y yo detrás, como patos que corren sin rumbo detrás de la pata. En la casa se quedó Mónica, la que seguía de Caperucita en edad, tratando de calmar al llorón; de reojo vi que Adriana jugaba con la arena y unas piedritas, seguro que ni cuenta se dio de nada, no lo va a saber hasta que llegue la hora de la cena.  Enrique, el joven vecino que había traído la mala noticia, y quien luego, asustado por el grito de mi madre, había salido corriendo, le aseguró que Caperucita estaba a salvo, que el lobo se había introducido a la casa de la abuela, pero que el leñador-cazador-guardabosques las había salvado.  Mi madre no cesaba de correr de aquí para allá, apretando las manos una contra otra como si fuesen naranjas que pudieran exprimirse, y nosotros corríamos detrás de ella como la cola de un cometa de papel. Rosina iba con los brazos en jarras muy indignada, no paraba de hablar, a ratos decía que la Caperuza era tonta y a ratos que mi mamá debió de haberla mandado a ella junto con la tonta para cuidarla, Rosina olvida que apenas tiene cinco años. Además, mi madre no escuchaba más que su llanto. Nos dirigimos al viñedo, no sé para qué, si hasta yo sabía lo que iba a pasar.  Quise decirle que no valía la pena ir hasta allá. Pero me quedé callado, en esos momentos no era yo su pequeño José, su único varón de seis años ya, el que iba a cuidar de ella cuando creciera, bueno eso fue hasta que nació ese niño que dejamos aullando en la casa, mejor a ese sí se lo hubiera llevado Caperuza.  Cuando llegamos, mi padre estaba recargado en el silo, medio dormido y un poco borracho.  Los llantos de mi madre lo despertaron, se incorporó inseguro, pero mi madre lo tomó de los hombros y lo zarandeó mientras le contaba entre moqueos entrecortados lo que sabía. Después de dar un traspié él le gritó a mamá que se calmara.  ¿No le habían dicho que Caperucita estaba bien? Le ordenó que regresáramos a la casa para esperar más noticias. Mamá enmudeció como si le hubiesen tapado la boca.  Sin parpadear, ella dio la media vuelta y regresó al pueblo con su cauda de hijos.  Mi padre se quedó en el silo. Creo que no sabía qué hacer. Cuando yo sea grande y herede la parcela, me voy a casar con mi mamá y la voy a cuidar, también le daré unas nalgadas a esa Caperuza por andar asustándonos.     

  • Leer “El clis de sol” de Manuel González Zeledón, pp.100.

7.  El narrador morfológico

El narrador morfológico, es un yo narrativo que no pertenece a ningún personaje, no actúa en la historia, es la voz de la colectividad de los personajes que forman el relato, en este caso se presenta en plural: nos.

Cuando regresaron a la aldea todos salimos a verlos, venían como en procesión, había niños que gritaban, las voces formaron una cadena, teníamos que constatar: sí, el lobo, allí estaba el lobo también, hecho nada, reducido, muerto, con la lengua colgando a un lado y las vísceras al aire.  Lo colocaron al centro del pueblo. Un niño se acercó y le tiró de una oreja, con el movimiento, se le descubrieron los colmillos enormes, retrocedimos asustados, entonces, otro lanzó un guijarro al cuerpo inerte del animal vencido. Otro más osado le lanzó un puntapié. Alguien se acercó con un palo y le dio un golpe, entonces nos lanzamos todos sobre el lobo, hasta dejar al enemigo convertido en un saco informe y sanguinolento.  Así aprendería a no molestar niñas de este pueblo cuando cruzaran el bosque.

  • Leer “Dios en la tierra” de José Revueltas, pp.243

Primera persona


[1] Véase Alberto Paredes, Op. Cit., pp.57

[2]  Véase Alberto Paredes, Op.Cit. p. 56

[3] Ibid., p. 60.

[4] Ibid.,  p. 61-62

[5] Ibid, pp.65

8 Respuestas a “La primera persona gramatical

  1. Estimada Teresa:
    Buscando información, o más bien recursos narrativos, para volcar en mis textos, arribé de casualidad en tu blog, y aunque no coincidía mi búsqueda con lo encontrado en el sitio, me ha maravillado la concisión, sin abandonar la belleza, con la que expones las cuestiones. Me ha parecido realmente útil y descriptivo el uso de Caperucita como ejemplo a través de los diferentes temas expuestos. Particularmente en los que refieren a focalización y tipos de narrador. De algún modo me recordó los ejercicios de narración de Faulkner en novelas como “The sound and the fury”.

    Con bien, J.

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